Corazón
Junio 20th, 2009 by cleekÁngel estacionó su coche en la terminal de autobuses, acababa de oscurecer, no llevaba equipaje ni boletos ni prisa, sólo unos días pesados encima. Siempre que se hastiaba de todo, venía en busca de algo muy parecido a una terapia, esperaba que de alguna manera se le pegaran algunos de esos bonitos sentimientos que tiene la gente cuando va de viaje o lleva a un pariente o amigo al inicio de alguna travesía, se imaginaba que era él quien tenía un pasaje a algún lugar lejano y que alguien lo iba a esperar del otro lado. Se quedaba viendo los pequeños grupos de personas, imaginandoles amables y amorosos diálogos, les veía abrazarse y besarse, incluso les medía el cuanto se extrañarían unos a otros según la apertura de sus ojos y luego veía lo viejas que eran sus maletas. Se sentó en la sala de espera de las llegadas, esas siempre eran más alegres.
Una familia que abrazaba a su padre llegado de un viaje de negocios, los abuelos que recibían a su nieto para el verano; se fijó en un grupo de personas que se abrazaban muy seriamente, detras de ellos sale una chica, delgada, lindo cabello impecable, ojeras coquetas y unas cejas bastante pobladas. Le sonríe, le saluda y se dirige hacia él. Ángel se quedó tieso, no sabía cómo reacciónar, la chica seguía avanzando decididamente hacia él, apenas pudo preguntarse si lo estaría confundiendo cuando la chica lo abrazó y lo besó en los labios.
- Te he echado muchísimo de menos, no te imaginas. -Se quedaron mirandose a los ojos un par de segundos, él sin reconocerla y ella bastante alegre de verle.
- ¿Qué esperas? Vamos a casa -Tomó a Ángel de la mano, quien curioso y temeroso de romper el encanto se dejó llevar. Notoriamente sentía una atracción por esa mujer.
Subieron al auto y Ángel sólo condujo, no sabía si llevarla a su casa o que hacer ni hacia donde dar la siguiente vuelta, mucho menos se atrevía a decirle nada a la chica que tenía a su lado.
- ¿Algo anda mal? -dijo la chica mientras le clavaba en los ojos los suyos arrancandole del alma la respuesta.
- Sólo que estoy más que bien -Y dijo la verdad, condujo un par de minutos y la mujer señaló un motel.
- Vamos allá, a ese motel. Será lo mejor. -al terminar de escuchar estas palabras, Ángel sintió una opresión en el pecho, era la extrañeza de la situación, lo inverosímil de la situación, el caos.
Entró al motel, pidió un cuarto. Al entrar, la chica dice:
- Creo que no nos siguieron. Me doy un baño que huelo a viaje, orita platicamos bien. -El cada vez más confundido Ángel se quedó como piedra en medio del cuarto por un par de minutos intentando asimilar lo que pasaba, buscandole una explicación cuando vio el morral de la chica, lo dudó otro par de minutos y fue a curiosear. Miranda, venezolana, por lo menos eso decía su pasaporte. Parecía que la chica había estado por la mitad del continente en seis meses, le dió un escalofrío y regresó todo a su lugar. Se sentó en la cama hasta que Miranda salió del baño, se veía hermosa en esa bata, se sentó junto a él, parecía por cierto enrojecimiento de sus ojos que hubiera estado llorando.
- ¿Qué te contó Mario del grupo? -preguntó Miranda, a estas alturas Ángel ya estaba más que sofocado de la situación, de lo absurdo que todo se estaba volviendo y necesitaba respuestas.
- No sé nada, yo solo estaba en la terminal porque…
- Sí, entiendo -interrumpió Miranda-. Mario dijo que podía confiar en tí, así que te explicaré. Nos informaron que él pasaría por aquí en estos días.
- ¿Quién?
- Pues quien va a ser, el Amor. Ya sabes lo difícil que es encontrarlo, se creería que anda por todos lados pero casi nunca se deja ver. Los del grupo lo hemos estado buscando…
Mientras Miranda decía la sarta de tonterías con una seriedad de miedo, Ángel estaba a punto de reventar, se volvía loco por esa loca.
- ¿Y para qué lo quieren encontrar? -preguntó Ángel sorprendiendose al seguirle el juego.
- Para matarlo, acabar con el dolor y…
Y así siguió Miranda hablando por más de una hora, Ángel dejó de mirarla a la cara y se iba haciendo para atrás, lo más lejos que podía, buscaba esconderse. No dejaría que viera el brillo de amor en sus ojos, su naciente enamoramiento del que se estaba dando cuenta.
Después de la charla, Ángel se recostó en la cama. Habían sido demasiadas emociones, cerró los ojos. Miranda, calladamente apagó la lámpara y se acostó junto a él, lo abrazó hasta que se quedó dormido.
Ángel despertó un par de horas después por la voz de Miranda, quien discutía en la oscuridad por el teléfono. Seguía adormilado cuando sintió un par de manos huesudas que lo estrangulaban y le encajaban las uñas en el cuello.
Por reflejo empezó a patalear e intentar quitarse la sombra, arrojó a Miranda casi al otro lado del cuarto. Encendió la lámpara y se asustó al ver la cara de Miranda con los ojos casi desorbitados de violencia pero no de odio. En ese momento entendió que ella también había empezado a sentir algo por él, el beso en la terminal, el llanto en el baño; se reprimía, se reprendía, escondía la traición al grupo y su loca causa.
Mientras estaba distraido, Miranda tomó el cenicero de vidrio que estaba junto a la televisión y se lo lanzó pegándole en la frente. El golpe aturdió a Ángel lo suficiente como para no ver que Miranda se le acercaba, cuando le puso la mano en el hombro como arrepentida de lo que había hecho, Ángel le lanzó tremendo puñetazo que la noqueó. En ese momento se abrió la puerta de la habitación, entró un esquelético hombre que se hizo llamar Mario. Mario miró un par de segundos a Miranda, miró a Ángel a los ojos, sacó un bisturí de su abrigo negro y con una voz profunda y paternal dijo: “Sólo queremos tu corazón”.
Ángel ya no trató de escapar, ya no se resistió. Fue junto a Miranda, la abrazó y empezó a acariciarle el rostro, a jugar con su cabello. Casi no sintió cuando el bisturí lo empezó a cortar.
